Al Son de la Memoria, un recorrido por el Valle de Fornela

“En invierno somos cuatro”, cuenta León mientras espera que se enfríe su café con leche. Es uno de los pocos habitantes que quedan en Peranzanes, capital del Valle de Fornela en la comarca del Bierzo. Sus cuatro hijas, al igual que tantos otros jóvenes de la región, han optado por emigrar a las grandes urbes. Éste, como muchos pueblos, forma parte de la denominada ‘España Vacía’, afectada por el fenómeno de despoblación rural que se originó hace ya varias décadas.

El Valle de Fornela se encuentra ubicado dentro de la Reserva Nacional de la Sierra de Ancares al noroeste de la provincia de León, un punto de confluencia entre Galicia, Asturias y El Bierzo. A partir de la década del setenta y hasta la actualidad, ha perdido un 70% de su población. Hoy en día se estima que hay unos 200 habitantes distribuidos en los siete pueblos de la región: Guímara, Chano, Trascastro, Fresnedelo, Cariseda, Faro y Peranzanes.

Al tratarse de una zona serrana y de terreno no productivo para la agricultura, la minería de carbón y la cría de ganadería vacuna y cabría se convirtieron en las principales actividades económicas. Sin embargo, a partir del siglo XVIII y debido a los insuficientes ingresos que estas proporcionaban, gran parte de la población se volcó hacia el comercio ambulante, el cual se transformó en una característica identitaria del valle y le otorgó un diferencial frente a otras regiones del Bierzo. La identidad fornela se vio a su vez complementada y reforzada por tener su propia jerga, el Burón. Este dialecto, mezcla entre el castellano, el leonés y el gallego, era utilizado por vendedores y arrieros para comunicarse entre ellos y compartir información comercial de manera cifrada. La forma de vida ambulante se caracterizaba por salidas en grupo y largos recorridos por caminos de tierra.

Las carreteras llegaron a la región recién alrededor de la década del setenta. Sin embargo, a la vez que se producían avances en infraestructura y en la comunicación entre pueblos, comenzaba en paralelo un desangre poblacional de grandes consecuencias socioeconómicas. La minería, una de las actividades esenciales del Bierzo, se terminó, y la tradición ambulante está también próxima a perderse. Hoy no hay jóvenes para trabajar. Solo quedan los esqueletos de escuelas donde ya no corren los niños, e iglesias donde ya no suenan las campanas. El cura visita el pueblo solo para fiestas y funerales. El médico, tres veces a la semana.

Irene, residente de Peranzanes y dueña del que fue uno de los bares más conocidos del pueblo

“Cambiar cambió mucho la vida. Estos pueblos se van a menos. Cada día van a menos”, dice Irene. Además de dedicarse al ganado, era dueña de una tienda y un bar en Peranzanes. Recuerda con una sonrisa nostálgica aquellas horas que pasaba en su cocina trabajando para alimentar a más de 150 comensales. Sin embargo, esos días quedaron atrás; hace diez años, su marido enfermó y falleció un tiempo más tarde. Sus dos hijos habían emigrado por trabajo y, al no tener quien la ayudara, debió cerrar las puertas de su negocio. Hoy vive sola y pasa sus días entre tareas domésticas y pequeños paseos al sol. Remodeló su casa en una sola planta y el bar, que alguna vez alojó brindis y largas charlas, se transformó en un amplio comedor.

Distinta es la historia de Oliva, residente del pueblo de Chano, cuyo bar sigue en funcionamiento. En un esfuerzo por aclimatarse a los tiempos actuales, ha puesto un proyector detrás de las mesas, donde sus comensales pueden acercarse a mirar fútbol o las noticias.

Un señor toma una caña en la barra de un bar del pueblo de Chano

Tres señoras se sientan en una mesa a la izquierda. Un hombre pide cañas en la barra. Sin embargo, la afluencia de gente se ha reducido notablemente. “Mira, este bar es un ejemplo. Antes estaba lleno y ahora está vacío, ¿lo ves?. Nuestro pueblo igual. Al final va a ser una ciudad vieja”, explica con algo de resignación en su voz. Ahora Oliva solo puede abrir los fines de semana; el resto de los días no viene nadie. Incluso en verano, temporada alta en Fornela, nota la mitad de gente que en años anteriores. Llegan unos días para las fiestas regionales y luego marchan a continuar sus vacaciones en otros lugares.

León finalmente toma un sorbo de su café. Las mesas del bar del Albergue de Peranzanes se encuentran vacías, con las vistas expectantes y puestas en el comienzo del verano. El 15 de agosto, día de la Virgen de Trascastro y patrona de Fornela, es el momento más importante del año. Se trata de una celebración de danzas populares donde todos los pueblos del valle se unen para recibir a miles de turistas y fornelos repartidos por España. Los habitantes luchan por preservar esta tradición que data de hace más de 500 años, lucha que a partir del 2005 tomó también un carácter reivindicativo; se intenta –hasta el momento sin éxito- que la Junta de Castilla y León reconozca estas danzas como un evento de Interés Turístico Regional.

“Existir en la memoria es una de las formas más poderosas de existencia que conocen los humanos”, escribe Sergio del Molino en su libro La España Vacía. Hay algo romántico en la nostalgia de lo que alguna vez fue. Y es esta nostalgia la que mantiene vivo el Valle de Fornela, que hoy subsiste esencialmente gracias al turismo. Miles de turistas se acercan cada año para conocer y aprender de la rica cultura ancestral de la región, y los pueblos logran emparchar temporalmente las heridas del desangre poblacional. Pero así como llegan, se van al sonar el último acorde, y la España rural es vaciada una vez más. Esta es otra de las tantas regiones que vive de su pasado y, si bien no se sabe qué será de ella en un futuro, hoy hay una certeza: Fornela sigue resistiendo, y al ritmo de las castañuelas y al son de la memoria, seguirá bailando contra el olvido.

Publicado también en Inglés en Madrid No Frills

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creative storyteller | madrid-based arts, culture & entertainment photojournalist + writer (EN — ES) / www.melguil.com

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